La Virgen de Guadalupe: compañera del peregrino
Diácono Edgar Henríquez, LC
Hay algo profundamente peregrino en el corazón de la Virgen de Guadalupe. Ella conoce el misterio del camino, ese que nos arranca de lo seguro y nos lanza hacia lo incierto. María supo lo que era cargar con el destierro cuando tuvo que huir a Egipto llevando en brazos al Verbo hecho carne, refugiándose en tierra extraña. Allí aprendió que Dios acompaña precisamente en el desplazamiento, en el no tener dónde reclinar la cabeza.
Por eso, cuando alguien parte llevando solo lo esencial y una esperanza que pesa más que cualquier maleta, no camina en soledad. La Morenita del Tepeyac le acompaña. Se hace presente en la medalla que toca el pecho, en la oración que brota cuando todo parece imposible, en esa certeza inexplicable de que hay una Madre velando cada paso que da. Ella transforma el camino en peregrinación y el desarraigo en búsqueda de Dios.
La Virgen de Guadalupe se apareció a Juan Diego en el cerro, lejos del templo, lejos del centro. Eligió la periferia, el lugar del desplazado, del que no tiene voz. Y le dijo algo que sigue siendo consuelo para todo corazón que se siente lejos: «¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?». Esas palabras resuenan todavía en cada alma que experimenta la distancia, la nostalgia, el sabor amargo de estar entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.
Quien vive entre tierras sabe que la Virgen entiende el lenguaje del exilio interior. Conoce la lucha de mantener vivas las raíces mientras se intentan echar otras nuevas. Sabe lo que es sentir que el corazón está dividido, una parte aquí y otra allá. Por eso, sus santuarios se llenan de flores y velas que arden como súplicas silenciosas. Porque ante ella no hace falta explicar el vacío, ella lo habita con nosotros.
La Guadalupana no solo consuela, también revela. Nos recuerda que todo desplazamiento tiene un sentido sagrado, que cada paso dado en fe es un acto de confianza en la Providencia. Que no estamos perdidos sino encontrados por Dios en el camino. Ella convierte el dolor de la partida en semilla de esperanza, la distancia en cercanía con el Cielo.
La Virgen de Guadalupe es madre de los que caminan porque ella misma caminó. Y porque en cada rostro que busca un nuevo amanecer, reconoce el rostro de su Hijo.
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1 comentario
Bendita seas madre mía.!