Cristo ayer, hoy y siempre

Publicadas en 17 de abril, 2022

“Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún,todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe”. Filipenses 3, 7-10

Cada generación enfrenta retos diferentes. Quizá, algunos de esos retos fueron los mismos que enfrentó la generación pasada, pero seguramente bajo contextos distintos, de modo que un problema del pasado no es exactamente igual que en el presente.

Uno de los retos a vencer en estos tiempos es el de la falta de fe. Cada vez aumenta el número de personas que no creen en Dios y lo que es peor, que muchas de esas personas y otras más de las que sí creen, prescinden de Él, es decir, actúan como si Dios no existiera.

Parece que la humanidad está olvidando la sentencia que dice: “maldito el hombre que confía en el hombre”. Los avances tecnológicos y científicos están reubicando nuevamente al hombre como el centro del universo. Parecía que la visión medieval donde se colocaba al planeta Tierra y al hombre mismo, como el centro de toda la creación ya estaba superada, sin embargo, la realidad es distinta. Una vez más los seres humanos volvemos a ocupar el lugar preponderante en la creación y lo que nos importa es lo que nos sucede, descuidando así lo que acontece con la naturaleza y las demás creaturas.

Hace tiempo, el entonces Papa Benedicto XVI inauguraba la celebración de un Año de la Fe. En este tiempo de gracia, se nos invitaba a reflexionar sobre cuatro aspectos importantes: lo que creemos, lo que celebramos, lo que vivimos y lo que oramos. La fe debe ser la respuesta y el camino.

No debemos caer en la tentación de reducir la fe al conocimiento de datos, como si se tratara de obtener más información. La fe debe ser aquello que transforme toda nuestra realidad y que incide en nuestro estudio, familia, trabajo, amigos, etc. Si la fe no logra una revolución interior y exterior, algo anda mal.

En el cristianismo, la fe tiene que ver, no tanto con la adhesión a dogmas o palabras (aunque los incluye), sino ante todo con la adhesión a una Persona: a Jesús, el Hijo de Dios. Por eso dice san Pablo: “Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación. Así lo afirma la Escritura:El que cree en él, no quedará. Romanos 10, 9-11

Ideologías orientales principalmente, que nos están invadiendo de forma muy sutil, están transformando nuestra visión del mundo, de la vida, pero sobre todo de Dios. La sociedad actual, sobre todo de ciertos niveles económicos desahogados, toman con facilidad lo que se pone de moda y lo que un personaje, con cierto “prestigio”, viene a ofrecernos a nuestro País.

En ocasiones, será por necesidad, pero muchas otras más por curiosidad, por lo que se buscan estas “espiritualidades” que más que acercarnos a Dios nos alejan de Él, de modo que aparecen frases como: “a Dios se le encuentra en todas partes”, “lo bueno es que uno está buscando a Dios”, “el método que uso sólo es para relajarme, pero no estoy interesado(a) cuando se habla de su dios, porque yo sé en quien creo”, pero con el tiempo, esa mentalidad se va asimilando sutilmente hasta que se deja de creer en el Dios revelado por Cristo.

Cristo Jesús es el centro de la historia y lo que Él nos ofrece no nos lo ofrece nadie más. La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué ya no es tan atractiva la persona de Jesús en la gente y sobre todo entre los jóvenes?

Quizá porque hemos desvirtuado la figura real de Jesús, nos hemos hecho a un Dios a nuestro tamaño, poniendo en sus labios algo que Él nunca ha dicho y eliminando las palabras que él sí nos dejó como alimento de vida eterna.

Cuando vemos a Jesús queremos observar en Él sólo lo “dulce y tierno” de su persona, lo cariñoso que es con todos y olvidamos aquellas frases como: “el que empuña el arado y mira hacia atrás no es digno de mí”, “el que prefiere casa, padres, hermanos… no es digno de mí”, “nadie puede servir a dos amos”, “el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”.

Creo que muchos de los que nos dedicamos a predicar a Cristo hemos diluido el carácter, la fuerza y la exigencia del Evangelio, tratando de convencer, pero quizá, sólo para no se nos vayan a otra parte.

Jesús, por sí mismo, es atractivo, y el mundo, más aún los jóvenes, lo seguirán si no fraccionamos y escondemos la verdad del Evangelio.

Tenemos que sumergirnos en las páginas del Nuevo Testamento y pedirle al Espíritu Santo que nos conceda aquello que solicitaba san Ignacio de Loyola: “el conocimiento interno del Señor Jesús”. Que nos podamos presentar a través de la oración, cara a cara con Él y experimentar el poder de su resurrección y de su vida.

Ante tantas seguridades que nos ofrece la sociedad de nuestro tiempo, el reto es creer que Jesús, el Señor, es mi única y verdadera seguridad. Tener fe significa abandonarme completamente a Él sabiendo que nunca quedaré defraudado, esperando todo de Él, cuando Él lo quiera y como Él lo quiera.

No tenemos que andar buscando en otra parte lo que Jesús ya nos ofrece a manos llenas y nos lo ha ofrecido desde siempre. No busquemos “novedades”, porque la verdadera Novedad es Cristo, porque Él es el mismo ayer, hoy y siempre.


Pbro. Roberto Figueroa Méndez

 

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2 comentarios

  • Maricruz Flores : April 22, 2022

    Amén 🙏🙏 muchas gracias padre por ayudarnos a recordar que Jesús es el mismo de ayer de hoy y de siempre muchas gracias por sus lindas palabras bendiciones

  • Emma González : April 20, 2022

    Padre Roberto muchas gracias por enseñarnos el amor tan grande de nuestro señor Jesucristo, todo lo puedo en Cristo que me fortalece,amén, amén amén. Dios lo bendiga siempre padre

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